Soy jurado de poesía
Lejos de ser urnas de cristal, los concursos literarios son tómbolas en las que los concursantes arrojan su trabajo a la expectativa de un resultado cuya deliberación no pueden auditar. Un jurado abre una mirilla al interior de esa caja negra y cuenta con lujo de detalles los pormenores de laurear y descartar libros en un concurso nacional de poesía.
POR Robinson Quintero Ossa

Cuento mi experiencia como jurado de concurso de poesía porque la gente, sin conocer el desenvolvimiento de un torneo literario, dispara casi siempre un comentario maligno sobre sus veredictos, porque muchos poetas en cierne ignoran qué argumentos descalifican sus obras en estas justas y porque ningún miembro del tribunal de letras, después de deliberar y sentenciar, hace pública una reflexión sobre la calidad, medianía o pobreza de las obras aspirantes. También cuento mi caso como jurado porque una buena cantidad de autores jóvenes, que firman las obras en contienda, esperan que estas les sean, si no premiadas, al menos leídas y valoradas o desvaloradas. Me asiste otro motivo: creo que no hay, por los menos en mis archivos de catas literarias, un texto que relate los pormenores y entresijos de un concurso de poesía.
Las bases del premio son precisas: los interesados deben enviar un libro de poemas inéditos, con tres copias adicionales, suscrito con seudónimo, escrito en español e impreso en fuente Times New Roman con 1.5 de interlineado; no se fijan límites para la contención o extensión de las obras. Tampoco se dan a conocer los nombres de los jurados. El sobre con los documentos exigidos debe ser remitido a la coordinación del evento hasta una fecha determinada. El premio asegura la publicación de varios centenares de ejemplares del título y la entrega de un monto apreciable de dinero.
A. S., firmado con el seudónimo H., contiene diez y siete textos, en su mayoría extensos. “Simbología y primer trago” es el escrito inicial: “Rigores que devoran la sombra conspicua de los recónditos baúles, / Manantiales de fuego danzando en los montes de luz oscura”. El tono es cargante y el imaginario, artificioso. Leo otro poema y la inflexión de la voz me zumba. Paso la vista por la línea que remata: “Me justifico ante la irracionalidad que provocan los licores que he bebido”. Ahora comprendo.
Leo E. P., firmado por El Vate del Amor, quien inserta un prólogo de dos cuartillas, cuya primera línea señala: “El poeta es por excelencia el ser del sentimiento”. La dedicatoria dice: “A los que sufren. A los que sienten y comprenden el dolor ajeno.” Echo un vistazo a los versos y late en ellos el mismo gran corazón. Mucha gente cree que los poemas son un instrumento efectivo para enaltecer los ideales, y así entiende también que un concurso distingue, no a un escritor meritorio, sino a un buen prójimo.
Leo originales provenientes de distintas regiones de Colombia. En el paquete están, adivino, obras de los especialistas en escribir libros de poesía para ganar concursos y de los porfiados que, con distinto título y año tras año, participan con la misma colección; textos de los que reniegan de los torneos literarios y que tanto predican como no aplican, y también ofertas de bardos que, incrédulos de sus talentos, optaron por remitir a último momento. Están los envíos de crédulos, ingenuos y desocupados, de enamorados y desenamorados, y de poetas tahúres, esos que remiten porque dan por cierto que todos los concursos de poesía son –por el azar que tercia en ellos– una lotería. Y están también, confío, las obras de los que trabajaron sus versos con paciencia y fervor, sin la pretensión de ganar un premio nacional de poesía.
La variedad de los empastados desconcierta: hay tapas gruesas y blandas, de todos los colores, y un copioso muestrario de técnicas de anillado. Los folios presentan distintos gramajes y texturas, opuestas diagramaciones para los textos y diferentes fuentes, puntajes, tintas y estampados. Desde hace días, con paciencia y sapiencia, hurgo en esta confusión de formatos, matices e impresiones: leo y releo, busco certezas, atino al original que seduzca mi consentimiento.

Lo primero que habitualmente hacemos los jurados de concursos literarios es descartar las obras en las que detectamos yerros gramaticales y crasos desaliños de redacción y estilo. Leemos por cada original el primer poema, el que –se supone– pone la cara por los demás, y si este nos seduce, leemos otro de la mitad, y si este nos atrapa igualmente, le metemos diente al final, el que remata la intención de la apuesta. Muchas obras, en esta etapa de revisión, salen de concurso, pues si bien presentan textos apreciables, no así una postura sostenida. Y una justa literaria de este tipo no galardona a los mejores poemas independientes, sino al mejor conjunto de ellos.
En mi escrutinio de descarte acepto otras señales que aportan pistas sobre la real calidad de la escritura; por ejemplo, los títulos desafortunados (Hogueras de aceite y huesos en los valles solitarios, Poesía hormonal en clave de luna, Popurrí para desaparecidos); los subtítulos ceremoniosos (“Expresiones de alegría, tristeza, aseveración y gratitud”); los seudónimos artificiosos, los epígrafes desubicados, las presentaciones delirantes (“Me siento menos sola cuando leo los libros que me sorprenden y hacen que mi alma se desborde”); las dedicatorias insulsas y los versos enternecedores (“Me fascinas cuando me miras / y veo en tus ojos la ternura”).
No hago mofa de los versos y menciones de estos competidores literarios. Muchos de ellos son intentos de principiantes, balbuceos que no sustentan una voz personal ni una pieza de mediano acabado. Mi interés es mostrar una serie de desaliños poéticos y patéticos que están en la traza y sin traza de la escritura de poesía que pretende distinciones. Infortunadamente, es ineludible ilustrar estos desaciertos y desafueros con los ensayos que transcribo en estas páginas, ensayos de quienes, para fortuna de ellos y propia, firman con falso nombre.
Con los originales que siguen en la contienda emprendo la tarea de obtener una percepción completa de cada una de las piezas. Someto a juicio su unidad tonal y temática, su propuesta de lenguaje, su ritmo y musicalidad, su riqueza plástica y semántica.
Echo un vistazo a R. J. N, que contiene, agrupados en cuatro secciones, textos en prosa. El escrito que abre suscita una atmósfera misteriosa y retrata a una mujer desolada que persigue el amor y la satisfacción del deseo erótico. Me trama, pero llego al folio -20- y la enunciación es la misma para los demás textos. Me fatiga el verbo artificioso y el ritmo asfixiante; no hay pausas. El libro no respira: “Caminantes que se estremecen sin razón, niños que aúllan con largos gritos, ancianos que desvarían en combate permanente con su propia pesadilla. No entres aquí”. Le hago caso, y salgo.
P. la P. de A., de Luís de Valois: la cadencia del lenguaje, algunas imágenes afortunadas y su humor detonante atrapan en principio, pero con el transcurrir de la lectura la inflexión y alocución agotan. Los textos parecen manufacturados para que el autor los transcriba en voz alta; no piden un lector sino quién los escuche. A todo poeta lo echan “por la puerta de atrás”, sugiere el autor, a quien le asiste razón en afirmarlo pues sus temas –la embriaguez, el erotismo, los alucinógenos y el alucinamiento– no se avienen con la decencia. Leamos más: “Tu discurso, / desviado discurso, / discurso laudatorio, / cercador discurso, / te desvela a mí, cual mirífico predador”. Estos versos remarcan la inclinación de Valois a apuntar al lector con la peroración. P. la P. de A. sale por la puerta que le corresponde.

Ser miembro de un tribunal de concurso literario es comprometedor y enojoso en muchos casos, pues interesados en el fallo y espectadores de la justa, cuando la designación es pública, suelen tomarla con distintos ánimos. Muchos ponen en duda la trayectoria de los nombrados, otros la imparcialidad de sus veredictos y unos más la justicia de sus resoluciones, aunque desconozcan los pormenores que llevaron a ellas. El cargo es también, en ocasiones, “decorativo”, pues acostumbra suceder que, antes de los jurados poner los ojos en el primer original, ya hay poetas y críticos hablantinosos que tienen fijo el libro ganador. Por la época de la competencia, los jurados somos la comidilla más apetitosa que engullen y desembuchan poetas y diletantes que frecuentan los mentideros literarios.
La contrición de conciencia es también ineludible para los jurados. Durante los días que siguen al pronunciamiento del fallo, los seleccionadores se preguntan con obsesión si el libro ganador era en verdad el óptimo. Inevitable es que les perturben en sueños los versos de otro original que fueron tal vez mal leídos y que merecían, según sus juicios extemporáneos, la distinción, o que el libro que escogieron como finalista les persiga el juicio exigiéndoles el lugar que le correspondía. Los cargos de conciencia obedecen a la fundada creencia que tienen los seleccionadores de que en su faena son infaltables los descuidos y las omisiones, los malhumores momentáneos y la estrechez de horario para revisar con detenimiento. Para los jurados siempre hay un libro que debió ser ganador en el paquete de los perdedores, y uno que debió ser perdedor en el de los ganadores.
No olvido el lado dichoso de la experiencia. Un seleccionador descubre, después de días de pesquisas infructuosas –en medio de tantos textos chatos, sensibleros, estridentes y disparatados, parroquianos y politiqueros–, una colección inusitada, escrita con emoción y conciencia, que le es gratificante, en especial si la calidad de la mayoría de los textos concursantes es dudosa y con ello el premio corre el riesgo de ser declarado desierto. Los buenos libros de poemas no se encuentran a cada paso, y una obra aventajada saca a un jurado de aprietos. Un jurado, mientras lee, jura y conjura.
M. K. incluyó en H. la M. V. todos los poemas escritos en su vida. Es habitual que un original participe en un concurso con treinta o cincuenta textos, ochenta cuando mucho. Hollar la maestra vida agrupa ciento ochenta y cinco, distribuidos en siete capítulos, cada uno de los cuales puede conformar por aparte un libro. Hablamos pues no de un tomito, sino de una obra reunida, con poesía de cuño viejo y trasunto barroco (o eso cree el autor): “A la hora del arroz y la homilía / Esgrime el sochantre / Su cuodlibeto hirsuto. / El pájaro detenta los marbetes del miedo / Entre el viento y la anosmia”. Se dijo tal vez M. K.: “Si no gano por intensidad, gano por insistencia”. Pero ni calidad ni cantidad lo defienden. El utensilio de la poesía es la tijera, no la pluma.
Sumo varias jornadas de lectura y no doy con el libro que haga fructuosa mi tarea. No disimulo en estos apuntes la consternación y el bochorno que me provocan los originales que leo. Quizás algunos de estos apuntes sean injustos; tal vez uno o dos libros que me exigían mayor atención pasaron ante mis ojos sin que me sedujeran sus más felices guiños. Recuerdo la respuesta del poeta Horacio Benavides después de felicitarlo por ser distinguido con el Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus 2005: “De pronto no era el mejor libro, pero encontré lectores”.
Los premios literarios otorgan a los poetas galardonados dinero, pero no siempre reconocimiento. Y aunque el dinero es una suerte de poesía, como aseguró Wallace Stevens, los escritores de poemas persiguen durante toda su vida, por sobre todas las cosas, con obsesión y sin topes, el renombre. No hay moneda, para los bardos, que tase la alabanza, el signo de aprobación. “Gran persona es el nombre de primero”. Sin embargo, si se mira con detenida ironía, todos los participantes en una contienda literaria son, en un momento dado, perdedores e incluso objeto de irrisión: los poetas no distinguidos porque, en la mayoría de las ocasiones, ven mermada su autoestima y descreen de su vocación; el poeta ganador porque el público, malicioso y dañino, siempre pone en duda el mérito de su obra, y los escritores finalistas porque, buscando el galardón mayor, solo alcanzaron lo que para ellos significa una pírrica mención.
Ahora ocupa mi lectura 2.010 pequeñas gotas, enviado por T. T. La plástica de los mínimos textos (que más parecen apuntes al paso), página tras página igual, desalienta; lo único que desobedece al formato es la nota manuscrita del autor al final del original: “Quiero ganar el primer puesto para poder editarlo antes que se haga tarde”.
Es prudente en este oficio de lector de concurso de poesía hacer una pausa para descansar el ojo. Los versos, por más que pertenezcan a distintos ejemplares, comienzan a parecerse unos a otros. Es beneficioso, por ejemplo –lo digo corrientemente–, dar una vuelta a las calles para descansar, para pensar en otras cosas y mirar desde otro punto de vista. Los poemas buenos se confunden con los malos. La intuición se dispersa y la sapiencia se embota. Es aconsejable no hacer nada, o hacer en todo caso una tarea distinta a la de descifrar. El ojo agradece, y el instinto también.
De los ochenta y cinco originales, he eliminado setenta y seis. Vuelvo a poner el ojo en las nueve obras que siguen en la competencia. Ahora persigo la pieza más elaborada en cuanto a hechura y entraña. La obra en apariencia superior a las demás se llevará el galardón, y su autor los billetes que le reconoce el premio. No hay para todos: el dinero es, como la poesía, para pocos.
Clandestino firma Imágenes que se quedan y proyecta a modo de filme las mejores tomas de su lente en su paso por el mundo. Una cámara subjetiva le revela al espectador, mediante secuencias despejadas, la naturaleza, el campo y la ciudad, la memoria y la cotidianidad del filmador: “Ese perro que me sigue fiel / en medio de la noche / me sigue tras un mendrugo”. No obstante, el libreto no sostiene el argumento, el montaje de las partes no convence y hay escenas que bien pudieron no incluirse en la cinta. Hay planos que por su composición justifican la entrada al cinema, pero otros animan al espectador a dejar su butaca.
Las listas de los tres jurados con sus finalistas candidatos al premio están sobre la mesa de deliberación. El procedimiento habitual que sigue el jurado de cualquier concurso para definir la obra ganadora es, grosso modo, el siguiente: si un título se repite en dos listas, es gran favorito al premio; si son varios los títulos repetidos, comienza a pesar el orden de preferencia que cada uno de los seleccionadores dio a sus escogidos. En este caso, si un original reincide como único preferido en dos listas, el galardón empieza a tener dueño: si se reitera en tres, el fallo es de carácter unánime, y si solo en dos, de carácter mayoritario. Puede también suceder que ninguna obra consiga más de un voto a su favor, lo cual pone en serios aprietos a los jurados, quienes deben encontrar el modo más ecuánime de sortear las divergencias para definir el vencedor.
Los lectores de estas notas pueden dar por hecho que, al mismo tiempo que los jurados de un premio deliberan, los poetas que remitieron sus obras se buscan nerviosamente, se llaman por teléfono e intercambian correos electrónicos a fin de obtener una noticia anticipada del fallo. Es lo usual. Pueden los lectores imaginar a los contendientes en un estado de patética turbación producido por la ansiedad y la incertidumbre, pues en juego están sus reputaciones, sus largas jornadas de oficio y sus certezas. Los poetas esperan que el cartero que trae la misiva con la buena nueva les golpee la puerta, que la organización del certamen timbre sus correos electrónicos, que la prensa haga pública la primicia; en fin, que sea veraz el veredicto que les dé el alborozo y después la fama, sin importar si ella con el tiempo los convierte en escritores no prestigiosos, sino –como decía Ambrose Bierce– notoriamente miserables.
Mientras firmo el acta del fallo pienso en el sobre sellado que contiene los datos personales del poeta premiado. Su nombre, edad y trayectoria me intrigan, también su perfil de concursante: ¿es el ganador un especialista en escribir libros de poesía para ganar concursos o un bardo en cierne con suerte de principiante? ¿O uno de esos que, dando por cierto que los concursos literarios son una suerte de lotería, se confió al azar y remitió, y le dio a la piñata? O es, sencillamente, nuestro galardonado –qué bueno que así fuera, me digo– un bardo que trabajó con paciencia sus poemas sin la pretensión de ganar con ellos un galardón. En este tejemaneje, en este ir y venir de expectativas, es probable que el libro distinguido haya sido inmerecidamente ganador, y el no distinguido inmerecidamente perdedor, o que el título de menor aspiración, en un giro inesperado, se lleve el premio mayor.
Sí, los concursos de poesía son, muchas veces, una lotería. œ

ACERCA DEL AUTOR
Poeta, ensayista e investigador literario colombiano. Es licenciado en Comunicación Social y Periodismo por la Universidad Externado de Colombia